Las bodegas de Castellón han tenido que bajar su ritmo de trabajo, pero no pueden cerrar completamente, ya que el ciclo de la vid no lo permite. Todas las bodegas son productoras y dependen de sus propios cultivos para la elaboración del vino.

En el campo no se puede parar. De los cuidados que ahora se realicen, dependerá la cantidad y calidad de la materia prima que se recogerá en unos meses y para las bodegas de Castellón, que apuestan por vinos de calidad, esto resulta de especial importancia.

Los propios viticultores se encargan de ir cuidando las viñas para que no queden abandonadas, supervisando el final de la poda y preparando el arado para mantener la humedad de las lluvias durante todo el verano, a la vez que atienden los pedidos que pueda haber, pese a que han disminuido o casi han desaparecido como consecuencia de la pandemia.

La situación es, realmente, complicada. Los viticultores no pueden prever nada, ya que estamos ante una situación impredecible y no se sabe lo que va a pasar de un día para otro. Unas bodegas están terminando de embotellar, otras con el vaciado o llenado de barricas, y todas mirando a un futuro incierto ya que las ventas se han desplomado, debido al cierre de restaurantes, hoteles y bares y a la supresión de cualquier evento de masas.

Pero la vida sigue, el sector agrario no entiende de coronavirus y continúa. Ahora solo queda esperar que estas intensas lluvias no afecten a los viñedos con sus particulares plagas (como puede ser el mildiu) ya que, con la escasa mano de obra existente, sería otro fuerte golpe a la ya maltrecha situación de los viticultores de Castellón.